¿Cómo descubriste tu pasión por la joyería?

Comencé comprando piedras naturales en el centro de la Ciudad de México. Me fascinaban las tiras de piedras que luego armaba en collares. En ese tiempo vivía en Estados Unidos y cada que tenía la oportunidad de venir a México compraba la mayor cantidad de piedras y componentes para armar joyería. Después, quería encontrar componentes muy específicos o las piedras que me gustaban no estaban perforadas para ser armadas y eso me frustraba. Fue así, que me di cuenta que yo necesitaba hacer mis componentes y comencé a estudiar orfebrería.

¿Cuál ha sido el aprendizaje más importante a lo largo de tu carrera como joyera?

El aprendizaje más importante ha sido el de ser valiente y el aprender a ser paciente. La joyería llego a mi vida en un punto en el que no sabía hacia donde me dirigía. Me daba miedo dejar un trabajo estable y lanzarme al mundo del no-sé-cuándo-venderé-una-pieza y cuándo me pagarán. Esto lo recuerdo todos los días: la valentía, al hacer lo que me gusta cada día y expresar quién soy en cada pieza y la paciencia al celebrar que una pieza está terminada después de un proceso tan largo.

¿Qué te inspira para hacer tus colecciones?

Nunca he trabajado por colecciones. La creación de mis piezas comienza con la adquisición de piedras y allí me hago una serie de preguntas: ¿Cómo me gustaría montar una piedra?, ¿Qué me recuerda?, ¿Cómo resalto su belleza? En realidad, mi forma de diseñar es muy intuitiva. Hago piezas que me pondría yo. También me encanta crear pequeños tesoros, piezas que serán para toda la vida, pequeñas reliquias que no cuesten una fortuna.

¿Cuál es tu parte favorita del proceso al diseñar una joya?

Definitivamente cuando estoy modelando una cera o trabajando directamente el metal. La joyería nunca deja de sorprenderme. Cuando diseño una pieza, hago su boceto y decido que método utilizaré para realizarla. Casi siempre la pieza resulta igual a su boceto pero a veces al irla haciendo voy cambiando, y tomando decisiones. Al final termina una pieza muy diferente y eso me sorprende y me inspira.

¿Cómo se ha ido transformando la marca?

Ha habido muchos cambios. Cuando comencé mi joyería se llamaba El Jardín por mi eterno amor a la naturaleza y a sus pequeñas criaturas. Ahora El Jardín es una de mis colecciones y la marca lleva mi nombre. También conforme he estudiado y aprendido más técnicas, mis piezas se han vuelto un poco más complejas y más elaboradas.

 

De todas las joyas que has diseñado, ¿Cuál ha sido tu favorita?

Tengo varias, pero recuerdo un anillo que hice con un ópalo negro que le compré a un chico en el centro de la Ciudad de México. Él era de Marruecos y me dijo que el ópalo era de su tierra. Nunca

he vuelto a ver ese tipo de piedras y me arrepiento mucho de no haberle comprado todas las que tenía.

¿Crees que la joyería mexicana se encuentra en un buen momento?

Si, sobre todo en Guadalajara donde creo que el diseño es excelente.

 

¿Cuántas personas forman parte de Marcela Lira joyería?
Somos tres joyeros, un lapidario, un vaciador y una persona encargada de la administración y redes sociales. En total seis.